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jueves, 31 de agosto de 2017

Pintar un cuadro y verla pintando, como si ella tuviera raíces o estambres, pintar la flor completa del dolor y aguantar la puñalada en plena melancolía. Todo eso me lo contaron al nacer, eso fue escrito en mi cuerpo, detrás de las bibliotecas, en un espacio de muchas dimensiones, donde tus manos y tus pies se adivinan en el centro de aquel dormitorio vacio. Si todas las palabras rasguñadas en los cuadernos, todas las intenciones que se devoran a si mismas, que son como enunciados de una vieja polvareda, un juego de cristales rotos, como los cristales que forma la nieve en la ventana de la casa de campo, las heladas de tu timidez, el bloqueo inmaduro de tu personalidad, todo lo que llora de vos mismo, todo lo que duele en el interior de tu propio dolor, cuando acaso has esperado demasiado lo que te invita a crecer en tu padecimiento, en tu estadia bipolar en el mundo de las cosas oscuras, el desencuentro en los espejos del habla, mordiendo acaso la palabra como si fuera una tentativa, una casa del dolor para aparecer sentado abajo de un molino en plena infancia, reajustando las piezas del niño que deformas con cruces que atas con misales, todo eso lo destruyes y lo acomodas en sus pedazos sueltos, en el rincón de un armario lleno de muñecos y romper con la lógica para destrabar la muerte, que trae tanto, que se lleva tanto de su blancura inacabada, de sus cumpleaños que llenan la panza del invierno con otras panzas.

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