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sábado, 29 de julio de 2017

Como vi renacer al niño que nunca pudo crecer, que siempre talado, suspendido en el vapor suelto de la soledad se vio a si mismo como ajeno, como àrbitro de una pelea entre la realidad y la ilusión. Senti la inmensa soledad de horas heridas, pero también sentí el amor de la mujer, de la voz que no cesa, de la mirada en el abrazo de la palabra, en el sesgo nocturno y musical de un beso, tan solo eso, un beso, una huella profunda en el espíritu, una inscripción en la historia, para quitarme de la orfandad, para curarme de las heridas mas profundas, un beso a la altura de los cielos, la boca enraizada en el mundo, en el fuego, en la casa de todas las infancias, un beso que rompe con las murallas, a veces apenas un saludo, a veces una apasionada manera de decir el encuentro, la diferencia y la igualdad, para desanudarse, para desnudarse en la intención mas secreta, donde los silencios perduran con las miradas, con los abrazos que son una de las formas de decir te quiero, como se nombran las montañas o los parques, como nos abismamos en el recorrido del tiempo, un te quiero que es verdad, que es luz y al mismo tiempo anudamiento libertario, como se quieren los tomates, las cacerolas, los vinos, la cebolla, se quiere al amigo, se quiere a la mujer, con los pies desnudos, con la materia de todos los disfraces, subiéndose al columpio de la vida para madrugar, para poder decir lo que se quiere decir en la locura del amor, en la ilusión de los arrebatos, lo que me inspira es la distancia, lo espiritual del sentimiento de nombrarte, de imaginarte de devolverte a la vida, según este misterio que nos da la historia de pensar en el último territorio, en tu cuerpo.

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