sábado, 19 de agosto de 2017
A la deriva, con un mensaje que alguna vez tire al mar, para ir previendo el final de una historia amorosa, me siento escribiendo en lo alto de la montaña, el cuerpo como malformado por todos los acontecimientos, pero que aun sabe resonar, se encuentra en su instrumento para hablarle a una mujer, que puede ser su hija, en alguna parte del mundo cuando llora también sus propios lamentos, pero que sabe resurgir de su propio llanto a sus imágenes redentoras, a todas sus felicidades interiores, cuando colmado de esperanzas se sumerge en un tibio baño de calma, para ver el sol y la mañana que despunta sobre el océano de sus ensoñaciones, donde va cargando con su propio murmullo, con su horizonte, para enseñarle al mundo que en verdad se puede, levantar de la dura carga una emoción de cielo inmensos, de alegrías compartidas, de mucha variedad de paisajes del habla y de las orquestas que vamos haciendo sonar y de todas las películas y los escritos y los actores para los cuerpos exquisitos de un futuro que volvemos a armar una y otra vez contemplando las grandes aguas, las avenidas y las calles de la ciudad, como quien contempla en el fondo de las palabras una huella, una señal de que alguien estuvo allí, tirando una botella al mar, con un mensaje de tristeza.
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