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jueves, 10 de agosto de 2017

Mi pensamiento sereno se cruza sin piedad con otras imágenes. Ya sabia yo sobre mi propia bipolaridad, conocía sus gustos y sus reflejos, los miedos a no comprender la realidad, que se me escapen las ilusiones, los dibujos, que me cambien los paisajes por un grito, por un mal, acaso volver a las prisiones de mi niño, volver a ser un niño desarmado, que junta sus piezas y no puede de tanto llanto, de tanta ceguera como sus propios columpios o sus países, o las venas que recorren su realidad dolorosa, en los eternos laberintos químicos, en el llorar de su llanto como la medianía de la vida en los hospitales, como cuando fue soldado o viajero, su cabeza todavía a salvo de las entrañas del sol que se comen los vientos, los secretos en una carta mojada, en un signo perdido, como la felicidad en un reducto, como la historia de su psicoanálisis , la soledad templada a fuego como el acero, como el barro en otras realidades posibles que nadie te cuenta, la casa de tus padres, la calle miguel cane, como en un gran mapa del territorio de la ensoñación me muevo, cruzo calles y avenidas, me voy muy lejos soñando hacia afuera, en mi propio corazón, en mi propia luz, como naciendo en una abrazo interior y profundo hecho de cunas y labios y sonrisas.

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