domingo, 20 de agosto de 2017
Mi vida Bipolar es como una gran noche con una luna colgando y un conjunto de casas y de calles y sueños y muchas maldiciones y también muchas grandezas. Tal vez por no poder pesar la magnitud del océano, como un embarazo que lleva mi madre y repara con eso su inquietud bipolar; hechos del mismo síntoma nos llevamos a veces dolorosamente por el cuerpo atravesado de los nacimientos, de las cunas, de todo lo que tiene importancia de mis propias heridas, de mis propios encierros, la psiquiatría en el niño que no puede decirse niño, sino piyama, ensalada de ideas para subvertir el orden de la familia, como si estuviéramos tan comodos en el vientre de mama los cinco hermanos, como si esperaramos en su vientre una copa o una medalla por tanto silencio, en el parto de los amaneceres, en los últimos días que recuerdo, de su mano, de su llanto, como me viene a ver la parca, como una abuela, y un supositorio y un grito y una campana. ASi hacemos el futuro con cordones de atar zapatos, en todo el surrealismo de un grito que nos conmueve, Bipolar es el espacio del llanto, de la mujer en la que creci, del daño cerebral de una traición, de un aislamiento, como la cobardía de enredarse en el propio ombligo y crecer y ser árbol y dar fruto y tener hijos y apenas poder sostenerlos, porque apenas puede con sus hospitales, con sus pastillas y sus temblores, con su baba que cae de una lengua espesa en el paradigma de los bipolares, como un reflejo, como una sombra su identidad trastocada, su doble personalidad a cuestas, por el lado del atajo, y volver de golpe a los golpes, a crecer por el lado de las grandes aguas, del aguaribay arriba de la montaña y siempre vivir goteando runas esquivas y palabras como girasoles.
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