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domingo, 17 de septiembre de 2017

un sueño con los candados del dolor; a veces la angustia de reconocerse como siempre fui, en las escaleras mas altas, musicales, una especie de entrevero lunar, una noche de cuerpos desnudos, de toallas mojadas, un olor a almizcle en el espacio, cortando cebolla, fritando vieja comida, por donde salen las almejas, los vinos y los recuerdos de tantas tempestades, de tantas arboledas y casas solitarias, yo vi caer desde la corteza de un árbol todos los dibujos de la tristeza y del amor. Para enraizarse en un circulo de tierra donde cagan las gallinas y los cerdos como piaras, todo mezclado en el potrero donde la libertad de perderse en un galope profundo, hacerse animal, correr el potro al amanecer en la cama de arriba, en el dibujo de la familia, como se dibuja el aburrimiento o el desencuentro o la imposible soldadura de todos los cuernos habidos en pleno casamiento de los animales y las bestias ultrajadas en el cuerpo de dios, en el desorden completo de algunas noches, como visiones de grandes temperaturas o sabores, donde siempre están llegando, siempre lenguajeando las viseras, los ojos tuertos de la noche y el saxofón como rutas interminables o camiones que vienen de frente y algún choque mortal y algún reparo para dormir y todo lo que se acuesta en ese accidente de los hierros retorcidos.

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