miércoles, 26 de julio de 2017
En los tiempos mas primitivos de mi andar por carreteras, llevando ilusiones pasajeras, música de países sin sombra, mujeres de impiadosas manos. Todo el tiempo para recuperar el olvido, los cuarteles de invierno, la mazamorra, el pan duro. Para crecer entre los sueños dando a nacer una criatura que devora kilómetros como pesadillas, atravesando las fronteras, las ciudades, los pueblos, todo lo que contiene por dentro un mundo lleno de paisajes adolescentes, en la pasión del primer noviazgo, en el entusiasmo por un porvenir donde los amigos, las ferias, los llamados al amor a escondidas, las hazañas infantiles, todo eso que perdura hoy, viéndolo del otro lado de los cristales, tomando recaudos en el hecho de contar todo error en el laberinto de crecer y crecer, de padecer y murmurar la gota incesante que va horadando la piedra, en la locura disuelta, la satisfacción de sentirse amado, el darse como una manera de restaurarse, de invocar las musas mas prodigiosas, aquellas divinidades luminosas, acariciadoras, matristicas que anudan mis sentimientos en las mañanas mas claras, como alumbran mis emociones mas tempranas, esas que el corazón como un niño atesora por dentro del árbol que le crece en el cuerpo, esas mujeres salvadoras, de ojos futuros, de manos como playas, como amaneceres, esas mujeres que tornan el espíritu como un licor suave, como un ensueño que atraviesa las viejas calles, en puntas de pie, para bailar el mejor de los bailes, para agradecer la vida como agradezco por tanto amor reconocido.
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