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sábado, 5 de agosto de 2017

Caminar como quien se va haciendo caminante en la manera de hacer literatura, sin contar los años invertidos, entre tantos secretos, circulando por la vida en el terreno del desencuentro, pero siempre tejiendo algo del destino, criarse uno mismo y descubrir el mundo, la alegría de renacer de entre los escombros, sentirse despertando, con ganas de asumir la aventura, volviendo a revivir el desafio, en la morada de un nuevo rostro, de una música que acompaña las bellezas solares y fugitivas, como son las bellezas estelares de tu nombre, de tu poesía, de toda tu manera de sentir lo vibrante del país, de la gente atravesada, que lucha por el acontecer de una nueva travesia, el país de los nombres que todavía recuerdo, de las mujeres anónimas, de los dolores, de los entuertos; el país de los resurgimientos, de las callosidades de las blanduras. Y te veo escribirlo, con el corazón en su pobreza, como con una ceguera que toca muy profundo el cuerpo castigado, la siembra de nuestros horizontes, de todos los acuerdos, como roces de la mirada, de la profunda humanidad que se levanta para consagrar la justicia del viento, de las mareas, de los mares con palabras allanadas a los temblores, a los tropiezos que da la luna ambigua de un pezón en el dormitorio, en la cuna de todas las manos que duermen como pechos o señales de maternidades como llantos o esperas de otras cosas, de otros libros en nuestro muros, y tanto mas para prever como se desatan las prisiones de los prisioneros y como se acumula en los cantaros la soledad de un nuevo reino.

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