martes, 8 de agosto de 2017
El país que recuerdo me echo de su vientre y ahora ya no es ternura, ya no es enfermedad, sigue siendo búsqueda por los andariveles, en la cuerda floja de las veredas de la dicha, es un país que construi entre los pedazos sueltos de mis propias convicciones; con los pedazos de otros desencuentros, de otros peronismos y radicalismos, mi manera de componer la realidad a traves de mis propios exilios de familia, de amamantamientos en la soledad, de llanto por tan poco, pero una lucidez desde las lagrimas, en una confluencia desocupada, entre el hartazgo y la creación de una país que a veces me desborda en sus climas, en sus amores, donde escribo el hambre de muchos y mi sopa todavía en la ternura de mis amplias geografías, como manos que no alcanzan a abordarlo todo, mas los ventanales y la lucha de los mapuches y toda mi lucha por entender, detrás de los hospitales, mas alla de la psiquiatría, en mi abrazo fraterno, en mi sentir al hermano en las izquierdas, en las miradas de los abuelos como gigantes, en el territorio anarquista de mi deseo, en todo lo anarquista de mi simpatía por el mundo, por las rutas, por todas las novelas del llanto de mi querer ser, de mi estar en el vientre, de mi ser niño empujando, en el viento, las ganas de parir mis sueños, de cantar mi amor por la vida que se esta cocinando en un caldero, mi amor por la especie, mi amor por el caldo de cebollas, por la ciudad de los ventanales, de las arquitecturas de mi emocionar con los demás, de sentirme parido por el mundo, de estar naciendo de mi propio andar.
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