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lunes, 7 de agosto de 2017

De todo ese amor que fulgura mientras camino; la música de mi devenir niño cada tanto, de tanto esperarme en una esquina y volverme pájaro, con todas las ventanas abiertas y los arboles musicales, yo siento la mañana de mi agradecimiento, de mi salud reconquistada tras el dolor de no poder nombrarte, ni revivirte, tras el duelo por los muertos, por todas sus resurrecciones en mis adentros, como viven en mi como en una danza luminosa, como el sabor de las uvas o la laguna de Laprida, con su misterio, sus juncos adolescentes, sus maizales, sus caballos impenetrables como los recuerdos de la blancura del desierto, que llora la casa, la chimenea del llanto en los parques que fueron, en los libros, mis fantasmas, mis mascaras de teatro de ensueño, donde vive mamà, donde ella mismas vuelve de todo su desamparo, mujer de la noche helada, de los suburbios, del semblante porteño, como van surgiendo las almas de su borrachera, de la distancia, del entrevero como si con una queja todo estuviera en su lugar, la muerte temprana de los recién venidos, las lagrimas por tanta soledad, por tantas heridas y ver que de la tierra crecen nuevos arboles en sintonía con mi nacimiento, al sol de lo mejor de los delirios, en el brote ciudadano de una manera de soñar con Buenos aires, de enredarse en sus esquinas, en sus patios, en sus veredas, como quien escribe el futuro en las manos de dios, como quien se entrega al beso profundo, que arrastra territorios, mapas, países, todos los estados, los mas calamitosos y los otros, en la ciudad profunda, en el ahogo de tantos, en la sofocación del aire siniestrado, pero mis raíces, la detonación de mi esperanza, la destrucción de mi melancolía, en la profunda sustancia del ensueño donde me recupero, me desdoblo y me grito y hago aparecer un caballo azul que galopa por sobre el viento, por sobre el tiempo, y un niño que recorre distancias y toda una manera de estar en la tierra, a gusto.

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