domingo, 6 de agosto de 2017
Yo se que es una felicidad diminuta pero potente, atravesando los grandes espacios de la escritura para recrear la epopeya del que vuelve de su propio desnudo, de su frio interminable; vuelve como ostra o como caracol con las raíces que le crecieron, atravesadas en su cuerpo, cortadas con tijeras, dibujadas con la alegría de los retoños de la infancia, entre sus quereres, entre sus sonrisas, mucho mas alla de sus miedos, en los tiempos de maria rosa, que son tiempos inexplicables de envoltura, de hermosura en los pinceles, en la pintura de todos los paisajes, de todos los encuentros con la mismidad y el arrullo de la biblioteca y todas las llagas encendidas y curadas, todas las lastimaduras, las cicatrices pero también toda la memoria, toda la penumbra pero también toda la mañana con su fulgor, con su estallido de vida y de optimismo, de sus ganas de amar, de su querer jaspeado, de su adorada corteza vertical, se fue haciendo como árbol, se fue pariendo azares, en la montaña rosa, en la hiedra del muro, en todas las aventuras en los caminos, en las autopistas, ensayar los pasos en la niebla para crecer, para darse vuelta como un plumero, en los cielos travestidos de su propia travesura, jugando a andar, a nadar, a ensamblar piezas sueltas y rotas, a estar en otros cuerpos, en otras acariciadas personas, de sol a sol, atravesado por su propio nacimiento, en su propio caldo, en su decir de agosto, en el mes de las muertes y las resurrecciones.
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