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lunes, 18 de septiembre de 2017

A pesar de mis enfermedades todavía siento, con un corazón abierto a todas las miradas que tienen algo para decir, me abstraigo en el deseo de conocer, de mudarme de piel, de trastocarme en el espíritu de la dicha, con todos los acontecimientos de mi vida, los que han brillado por mi en los mares profundos, los nacimientos, las metamorfosis a nivel de la sequedad y de la plenitud, pero sobre todo los nacimientos, las habitaciones como uteros, las vaginas solares, la intemperie de sus pechos profundos como ponerse de rodillas para recibir la ternura que viene de su manera de reir, de sus manos y luego de sus sombras, porque todo seria morada de la escritura, música viviente y estelar, pirámide de los vientos, de la mujer árbol, de su carrera incesante donde me pliego, me retuerzo como una corteza llena de nudos, me voy domesticando con dulces palabras sonoras, con un instrumento que deviene tambor, que deviene campana para apaciguar al niño atravesado, el niño profundo que duerme en su propio llanto, que nadie puede consolar, ni siquiera la lluvia o los pajaros del jardín que voltean su canto, su llanto por la tarde de la enfermedad, de su cerebro como un cráter, como una lava que fugitiva, perdura y roza los testículos de dios, roza la penumbra de su inflorecer , de su pagina en blanco, de su canción de cuna, de su mama muerta, de su propia ambigüedad como lobo de la espesura, del torbellino de la locura.

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