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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Pura vanidad eso de atreverse, eso de percatarse, a veces abismarse en la casa del ombligo. Pura vanidad para retroceder en el mirador y desde el faro ver el gran océano de la dicha mas profunda, la de las hojas secas en el hogar de origen, cerca de la chimenea, cerca de Elena que a veces se resiste a ser nombrada, pero que los hermanos como tribu en su silencio suelen adorar. Porque entre los hermanos corre como un aire fugitivo, una comezón de las paredes, dejando marcas de cuerpos vencidos, de cuerpos como champiñones , como reliquias de su sueño, de toda su locura que es la misma que la mia, una forma de dormirse atravesada entre los líquenes, entre los olmos, en una hierba verde que se agita, su ceniza, su viento, su murmullo, su placenta, su embarazo, su parto, su partida, como la noche azulada de sus pinceles, de su paleta llena de colores para el alumbramiento, para la dolorosa estatura de un nacimiento, me sugiere la memoria siempre este momento, esta familia que se descose , esta trama sufrida, hecha de sangre y de lagrimas, de viejas culpas interiores, de trenes que nunca volverán, en las estaciones de la palabra siempre faltaría algo para soldar, para decir, muchos años mas tarde, para acomodarse a un nueva realidad, en la salud mental derruida, como los latiguillos perezosos de la depresión o el encumbramiento de la mania, yo subiría esas escaleras para trepar al mundo verdadero de los cumpleaños sin futuro, de los eternos nacimientos a la alegría de brindarse, de abrirse y recordarse , al temple de todos los cielos abiertos, inmensos y llenos de sol, como acostumbra el sol en mis vertebras, en mis espaldas, en todo este clarear de la escritura.

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