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miércoles, 26 de julio de 2017

Iluminaciones

La confluencia entre Budismo y psicoanálisis, mas que verdades, encontrar una forma de vivir en la luminosidad del deseo, en el espacio musical de los instrumentos de un saber, de una forma de entender las relaciones, de concebir la familia, como si la vida fuera un modelar en la arcilla de los corazones. El amor necesario para resurgir, el amor que fortalece, desde las palabras, desde el ensueño, como danzar, como abrirse paso gracias al logro de los trabajos acumulados, gracias a la variedad de literaturas y psicologías visitadas. Mi garganta abierta, lo que escribo, lo que presumo, la ligereza con la que se mueven mis pies, mis brazos, la tan negada a veces incomodidad estudiada, presentida como un fruto desplazado, como un monigote mi cuerpo, que va a través, que despierta y se adormece, que se queja y que disfruta; un cuerpo con unos huesos airosos, con una estabilidad hecha a base de frituras, cuerpo erosionado pero también renovado, cuerpo que atraviesa todos los nacimientos, desde una danza reparadora, desde un movimiento urbano, colectivero, bibliófilo. Cuerpo de papel y de ceniza, ya por suerte fuera de la nociòn de individuo; mas que todo orillando los sesenta una mañana que se inventa como cualquier mañana, atravesado por el siglo, por los recuerdos de Paris, de Avignon, de todo ese pasaje fugitivo, de frontera en frontera, la llama viva del ansia, del cigarrillo, del café, para enhebrar una aguja imposible, una casa de campo, una chimenea, un fuego, una leña y hacer el amor y todavía creer en la vida.

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